Inicio / PARCHES SIN RECONOCIMIENTO
¿Por qué un gobernante que prometió recuperar la “malla vial” de su ciudad contrata un crédito multimillonario y una parte lo ejecuta “tapando huecos”, pero no dispara su favorabilidad, sino que algunas veces se estanca o incluso retrocede?
Varias son las razones por las que esta acción no se reconoce como un “acierto” que genere puntos de aprobación de una gestión.
Ocuparse de lo básico no produce popularidad. “Tapar huecos” de las vías no es un logro. Mantener las vías en buen estado es percibido como lo que todo gobierno debe hacer. Es visto como una obligación mínima y fundamental, por lo que no se considera un “favor” y mucho menos un “plus”. Tampoco es una acción “histórica” y mucho menos se puede admitir que es una de las acciones con las que se está “reviviendo una ciudad”.
Además, las personas tienen el convencimiento de que cuando se están “tapando huecos” no se está haciendo una reparación integral, y califican esa acción como “cosmética”, de bajos estándares de calidad, que con las primeras lluvias y el tráfico esperado durará poco.
Si la acción de “tapar huecos” se efectúa con recursos de un crédito multimillonario, la gente considera que la deuda pesa más que el beneficio y se generan varios efectos negativos: cala más el mensaje de estarse “hipotecando la ciudad” que el de las fotos de vías parchadas; lo asocian con una deuda de futuros impuestos y con el hecho de que ahora sus vías son menos malas. Es decir, los costos son visibles, pero los beneficios son difusos.
Regularmente, al juzgar a los gobernantes, se hace con un sesgo de negatividad. En la ejecución de este tipo de reparaciones, las molestias por tráfico colapsado, polvo, ruido, desvíos y cierres de vías generan frustración diaria y son más reconocidas que los beneficios posteriores. Cuando se tapa un hueco, la gente solo siente el costo, pero diluye el beneficio en medio de las quejas por “obra eterna” o “tráfico infernal”.
Además, con la confianza en gobernantes y contratistas en el piso, casi siempre la gente asume que hay favorecimiento al escoger al ejecutor de la obra, que el contrato está sobrefacturado y que, por la rapidez de su ejecución, la calidad es mala.
Al referirnos al caso de los huecos en las vías, no podemos olvidar que, al calificar al gobernante, la gente lo evalúa integralmente por un “paquete” de problemas y no lo hace por ítems aislados. Por ejemplo, si hay inseguridad, falta de empleo y los servicios de transporte, recolección de basuras y agua potable son deficientes, “tapar huecos” de la malla vial pasa a segundo plano. Esto deja claro que la gente castiga o premia al gobernante por el estado general de las cosas y no por una sola acción visible.
Por el contrario, la aprobación de la gestión de un gobernante sube cuando una inversión en infraestructura cumple tres condiciones: (1) que sea una nueva obra estructural de alto impacto, visible y duradero; (2) que su financiamiento sea sin deuda visible o con una narrativa de “inversión pagada con eficiencia”; y (3) que se acompañe con una excelente narrativa comunicacional que vincule la obra directamente con beneficios del día a día, como menos tiempo en el carro, menos accidentes y mayor productividad. “Tapar huecos” con crédito multimillonario casi nunca cumple esas tres condiciones.
Finalmente, los gobernantes que son capaces de cambiar el “bacheo” por una narrativa de transformación real y creíble son los que logran obtener reconocimiento ciudadano, siempre y cuando las características de la inversión cumplan con los tres criterios antes mencionados. Esto reafirma la tesis de que una ciudad no cambia por acumulación de obras, sino por acumulación de decisiones coherentes.
Asesor Político