apuntes

EDER ILEGÍTIMO

Martes, 27 de Enero del 2026
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La historia de Alejandro Eder como alcalde de Cali durante estos dos últimos años se resume en una frase que pesa más que cualquier indicador: el alcalde ha perdido la calle. No se trata de un cuento ni de una exageración retórica, sino de una verdad respaldada por encuestas, percepciones y hechos acumulados a lo largo de su gobierno. Cuando la calle —donde convergen expectativas, frustraciones y legitimidad— rompe con el gobernante, lo que entra en crisis no es solo su imagen, sino la gobernabilidad.

Ya en septiembre de 2025, MMediaciones SAS advertía un deterioro profundo: más de la mitad de los caleños percibían a la ciudad estancada y un tercio la veía en retroceso; la imagen del alcalde era mayoritariamente negativa y la desaprobación de su gestión superaba con holgura la aprobación. Aquella advertencia no fue una fotografía aislada. Recientemente, Guarumo, en enero de 2026, validó y profundizó la tendencia: Eder aparece como el alcalde con peor desempeño entre las principales ciudades del país, muy lejos de Char o de Fico, y atrapado en una pendiente descendente de confianza y aprobación.

La pregunta, entonces, es por qué perdió la calle. La respuesta remite a un cóctel peligroso: un alcalde inexperto, un liderazgo tecnocrático sin arraigo, una comunicación arrogante y una gestión errática que confunde anuncios con resultados. Eder llegó prometiendo eficiencia, gerencia y modernización; hoy gobierna desde las nubes, donde los macroproyectos y las cifras “históricas” no dialogan con el día a día del ciudadano que padece inseguridad, multas y comparendos, un transporte colapsado, experimentos viales fallidos, informalidad y servicios públicos deficientes.

La calle discute hechos, y en Cali los hechos pesan: las desigualdades sociales, el fracaso estructural del MIO, la persistencia de la violencia en territorios históricamente excluidos, la sensación de abandono en la malla vial y la ausencia de una gran obra transformadora que marque un antes y un después. A ello se suma la decisión de no priorizar la terminación de obras inconclusas y un gabinete inestable, rotado como fichas intercambiables, que transmite improvisación y debilita la confianza institucional.

El mayor quiebre proviene de las contradicciones del propio alcalde. El “oso mayor” con el que la sacó del estadio fue el llamado “predial social”: una propuesta jurídicamente inviable y fiscalmente irresponsable que, sumada a la ligereza con la que se sugieren bombardeos como respuesta a la inseguridad, revela una desconexión preocupante entre discurso, competencia real y coherencia ética. En política, un error puede ser tolerable; la reiteración del error y la negación de sus consecuencias, no. Cada “reculada”, cada “anuncio errado” y cada promesa “histórica” lanzada al aire refuerzan la narrativa de un gobierno sin rumbo ni carácter.

La calle, además, no perdona el tono. Cuando el control se ejerce sin sensibilidad social —confiscaciones, sanciones y operativos punitivos en una ciudad donde más del 50 % vive de la informalidad— el mensaje que se instala no es el del orden, sino el del castigo. Y en una ciudad marcada por el estallido social de 2021, esa percepción es dinamita política.

Eder gobierna con una legitimidad frágil: fue elegido por una minoría del electorado y, por tanto, estaba obligado a ampliar su base mediante resultados, inclusión y escucha activa. Hoy ocurre lo contrario. La calle lo saluda, pero no lo reconoce como intérprete de sus angustias, sino como un administrador distante, más preocupado por asuntos que no son de su competencia y por el reflector que por la solución de fondo a los problemas de la ciudad.

Aún hay tiempo, pero no para la soberbia. Recuperar la calle exige algo más que provocar una crisis de gabinete y luego “resolverla”, algo más que ajustar la comunicación. Requiere reconocer públicamente los errores, humildad, prioridades claras y hechos visibles que devuelvan credibilidad.

Para terminar, vale decir que la política es un pacto emocional con la ciudadanía y, cuando ese pacto se rompe, las encuestas no son la causa del problema: son el acta de defunción de una narrativa que dejó de ser creíble.

Mauricio Mejía López

Especialista en Marketing Estratégico

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