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En campañas electorales para alcaldías, gobernaciones o presidencia, ganar ya no depende del olfato político o de un discurso atractivo. Ahora se necesita estrategia, método y evidencia. Y todo se genera a partir de una herramienta: la investigación de mercado aplicada a la política.
No estamos hablando de encuestas, ni de mediciones sueltas, y ni mucho menos de sondeos. Este tipo de análisis integral, estructurado y orientado a resultados es algo parecido a la diferencia entre disparar al aire o usar un sistema de puntería preciso. En otras palabras, es la ciencia puesta al servicio de la política.
Una encuesta es una herramienta técnica, mientras que una investigación de mercado permite definir el “plan maestro de una campaña electoral”. La primera nos dice “cuántos”; la segunda responde “por qué”, “cómo”, “cuándo” y “con quién”. En otras palabras, permite entender el tejido emocional, cultural y político de los votantes, mapear amenazas y oportunidades, y construir una hoja de ruta para ganar.
Un estudio serio no se limita solo a preguntar por intención de voto. Se adentra en la psicología del elector, auscultando qué valora, qué teme, qué lo moviliza. En este caso, el resultado no es un número: es un mapa emocional de la ciudadanía.
Cada campaña electoral se gana en segmentos concretos. Jóvenes urbanos, madres cabeza de hogar, comerciantes informales, adultos mayores rurales: todos tienen demandas distintas. Este análisis profundo permite identificar estos perfiles y diseñar mensajes quirúrgicos, eficaces y medibles.
La percepción de los rivales, sus fortalezas, sus errores y su narrativa son parte del tablero. La metodología permite comparar, anticipar y posicionar al candidato, porque no solo se trata de crecer, sino de ocupar el espacio que otros dejan.
Un mensaje vale porque conecta. Este enfoque facilita identificar los temas de alto impacto, el tono adecuado y el lenguaje que resuena en cada público.
Lo volátil de la política hace que las crisis, los escándalos y los eventos coyunturales muevan la aguja de un momento a otro. Este instrumento monitorea cada caso en tiempo real y da a los estrategas herramientas para ajustar el rumbo antes de que sea tarde.
En la campaña, cada acción debe ser evaluada. ¿Funcionó el video? ¿Conectó el discurso? ¿Movió el mensaje en redes? Los datos permiten hacer seguimiento con evidencia, no con percepciones, para afinar constantemente el motor electoral.
Una campaña basada en la investigación de mercado tiene muchas más posibilidades de éxito y permite al ganador llegar mejor preparado para gobernar, porque tiene claras las rutas para comunicar, escuchar y actuar desde el poder. Hasta aquí puedo afirmar que los datos, así sean bien usados, no reemplazan la política: la mejoran. Y quien aspire debe asumirlo: sin ciencia, no hay estrategia; sin estrategia, no hay victoria.
Especialista en Marketing Estratégico